COLUMNA DOMINICAL
DÉJAME PREGUNTARTE ALGO
Por: Julián David Rincón Rivera (Colombia)
Correo electrónico: electrónico: rinconriverajulian@gmail.com

Déjame preguntarte algo: ¿Recuerdas la vez en que nos conocimos? ¿Recuerdas todo lo que hicimos y dijimos? ¿Aún vive en ti, en tu cuerpo, en tu espíritu, en tu memoria, en tu corazón, en tu sangre, aquella tarde de finales de abril? ¿La has revivido en la soledad de la noche o, tal vez, en los recovecos más oscuros de tus sueños más íntimos? Vamos. No me mientas. No trates de complacer a este pobre diablo que quedó prendado de tu piel, de tus besos, de tu cuerpo y de tu sexo. No me trates como a uno de esos que solo te buscan para satisfacer su apetito sexual. Si así fuera, no estarías leyendo esto. Te lo pregunto ya que, por mi parte, nuestro encuentro parece que dejó una semilla incrustada en el espíritu. Semilla del carácter de una duda, que ha venido en proceso de germinación y se ha transformado en múltiples formas de certezas, hipótesis, teorías y pareceres. Puedes pensar que estoy exagerando. Déjame preguntarte: ¿Conoces el punto donde se separa la locura de la cordura? Sinceramente, no creo reconocer esa frontera, y mejor así, no quiero estar de pie en uno de los extremos de la balanza.
He reflexionado mucho en aquella tarde. No solo por todo lo que hicimos, sino también por lo que dijimos. En primer lugar, la forma en la cual nos conocimos es ciertamente curiosa. Digo curiosa ya que creo reconocer el origen de dicha curiosidad. Lo atribuyo a la intuición. La intuición sabe muy bien lo que hace. ¿Recuerdas que te pregunté si no temías enamorarte?
—No le meto corazón —dijiste.
No repliqué nada, ya que no tenía nada que replicar. Lo he pensado con mayor detenimiento. ¿Sabes a dónde llegué? A que la posibilidad sí existe. Puede que esté equivocado, o puede que no. Tu respuesta sugiere que le das prioridad a la razón. Dime, ¿qué es lo que la razón te sugiere a este respecto? Te lo pregunto ya que me da curiosidad. ¿A ti no? El amor es una cosa muy curiosa. ¿Sabes cómo llegué a todo esto?
Tenía un asunto pendiente con David Lynch. No sé si conoces a David Lynch. Si así es, considérate afortunada. De lo contrario, no basta más que busques en Google. Internet hará el resto. Pues bien, venía aplazándolo desde hacía muchos meses. Simple y llanamente, no encontraba el tiempo para Lynch. Entre actividades ociosas e inútiles, alguna que otra distracción o bobada que en realidad no vale la pena, le encontré un espacio.
De Lynch se pueden decir muchas cosas. Muchos hablan muchas cosas de Lynch. No sé si todas las cosas que se dicen de Lynch sean verdad o qué será lo que sean. Creo que de Lynch se pueden decir muchas cosas, pero no una única y exclusiva verdad. Por mi parte, solo diré que le aprendí dos cosas en concreto a Lynch. Lo primero es que “Este mundo es un lugar muy extraño, ¿verdad?”
Lo complejo, lo caótico, lo absurdo, diría Camus. Una psicóloga me dijo un día que este mundo era una montaña rusa, con puros sube y bajas. Un cristiano me dijo un día que para poder llegar a conocer a Cristo tuvo que pasar antes por lo peor que se podría haber imaginado. Un penalista me dijo un día que la justicia era una triquiñuela del ser humano para soportar de manera más eficaz y fructífera la desazón con la que se vive día a día. Un músico me dijo un día que el origen de su principal éxito fue una desagradable y desgraciada experiencia amorosa. Un deportista me dijo un día que solo podía disfrutar de los frutos de su esfuerzo recordando el hambre que pasó cuando era niño. Un niño, precisamente, me dijo un día que la vida se trata de disfrutar las pequeñas cosas como las disfrutaba él. Por eso, los adultos estamos incapacitados de entender realmente lo que es el mundo. ¿Crees que este mundo es algo simple y coherente?
Lynch, de manera disimulada y en un susurro, me dijo que no se trata de entender el mundo, sino disfrutarlo. ¿Cómo carajos se hace si uno no sabe si reír o llorar?
La segunda cosa que le aprendí a Lynch es que lo único capaz de salvarnos a todos nosotros, los mortales, de dicha complejidad, extrañeza y absurdidad del mundo es el amor. Déjame preguntarte, ¿qué sería de nosotros, la raza humana, sin el amor?
El amor: elemento fundamental, secreto mágico, respuesta definitiva. Ese amor del que tanto se habla en música, literatura y cine. Ese amor del que tanto se habla en todos los contextos de la vida. ¿No es acaso el amor el sentimiento más poderoso de la existencia? Aun así, lo negamos. De una forma u otra. Ese niño que hablaba con una simplicidad envidiable tenía razón. Es este amor negado lo que me recuerda a Albert Camus, que un día dijo: “No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar.”
Al leerla por primera vez, sentí que esa frase tenía algo que me incomodaba. No sabía qué era. Mejor dicho, no lo quería reconocer. Solo ahora que pienso en lo que dices y en las enseñanzas de Lynch puedo reconocerlo y aceptarlo: el simple hecho de enterarme de que no sé realmente qué es el amor. No creo haber amado y me siento muy lejos de ese sentimiento. Dicen que amar es vivir. ¿No he vivido y no estoy viviendo en lo absoluto?
Esta frase me obliga a preguntarme: ¿Qué es amar? Tras esta pregunta, la certeza consecuente de esa ignorancia asumida y confesada a raíz de tu confesión, la enseñanza de Lynch y la sinceridad de Camus: Saber que no he llegado a experimentar completamente y en su máximo esplendor este sentimiento.
¡Vaya pérdida!
¿Por qué y cómo llegué a este punto de sentir que el amor no florece en mi vida?
Ciertamente, le tenía mucho respeto, miedo y misticismo al amor. En consecuencia, nunca me había atrevido realmente a amar sin compasión ante la ingenua idea de que tenía algo que perder.
¡Qué pesar!
Está decidido. Quiero amar sin límites, sin reservas, miedos o restricciones. Quiero sentir el amor en toda su potencia, con toda su intensidad, sin importar los riesgos y las consecuencias. ¿Se sufre? Sin lugar a duda. ¿Acaso no hemos venido a este mundo a ello, a disfrutarlo todo, sin preguntar por qué, como lo sugiere el niño, como lo sugiere Lynch?
Bajo esta premisa, mi espíritu se ensancha de un deseo tal, que el mismo cuerpo parece no contener. Sin embargo, me encuentro con muchos límites. “El amor es así, el amor es esto… es esto otro…”
Si quiero amar sin medida, ¿por qué limitarlo? Si quiero amar de todas las formas, ¿por qué solo entenderlo de una forma? Si el amor que deseo sentir es tan grande, fuerte, loco e incoherente que nadie es capaz de entenderlo, ¿por qué estandarizarlo y categorizarlo de ciertas formas para que todos lo entiendan de la misma manera? ¿No es esta acción una forma de restricción en sí misma?
Alguien por ahí dijo que la única medida del amor es amar sin medida. No sé quién fue el que lo dijo. Seguramente, un niño atrapado en el cuerpo de un adulto. Mientras tanto, sigo buscándole las respuestas a todas las preguntas.
Como puedes ver, nuestro encuentro dejó más dudas que certezas. Eso me gusta, me emociona, me estimula y me excita. No sé si tanto como tus besos. Creo que se trata de dos formas de amor distintas. Déjame preguntarte, ¿qué entiendes tú por amor?
AUTOR: JULIÁN DAVID RINCÓN RIVERA (COLOMBIA)
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Julián David Rincón Rivera, segundo de dos hijos, nacido en Bogotá, Colombia el 7 de abril de 1994. Profesional de Cultura Física, Deporte y Recreación.
Lector apasionado, escritor por elección, músico por diversión.
Cuenta con tres publicaciones antológicas con la editorial ITA, además de dos publicaciones en proceso, también de carácter antológico, con factor literario y la editorial mítico.
Con varias publicaciones en revistas de américa latina, encuentra en la escritura el mejor sustento para su vida.
Instagram: @relatero_literal
